Tela y cabo, madera y clavo. El timón como extensión de su brazo, las velas como expresión de su voluntad. El rumbo, su deseo que sobrevive, el viento, un heraldo que anuncia su llegada.
Un hombre se yergue orgulloso, melena al viento, sobre la frágil embarcación, trono para el rey que someterá al mismísimo Poseidón. No cabe el error, no existe la duda. El triunfo es inevitable, la conquista, definitiva. Su mirada está fija en el horizonte; su rostro, reflejo de la calma de su espíritu, no teme al mar enfurecido.
El viento aúlla, frustrado por su derrota. Sus gritos ensordecedores llenan el ambiente, en un último y desesperado intento por amedrentar al osado marinero. Mas la derrota es ya segura, y la voz del pirata se alza sobre las nubes, entonando para su deleite la canción de su victoria.