martes, 28 de junio de 2011

Música

El maestro observa atentamente a sus discípulos. Mientras ellos afinan sus instrumentos, por su cabeza pasan recuerdos de los últimos años juntos: las largas noches de trabajo, las millones de partituras escritas y desechadas, el momento en que dieron con la melodía perfecta... Han pasado por mucho para llegar hasta allí, y él mismo es testigo de que están preparados para el reto.

Con deliberada lentitud, marcando cada movimiento, el viejo director alza la batuta. Es el momento, la hora ha llegado. Se acabaron los preparativos, y el mundo entero parece contener la respiración. Los relojes se paran, el tiempo no existe. Sola música importa ahora.

Entonces, con el primer movimiento de batuta la magia se desata. La música fluye desde los corazones de los músicos hacia sus instrumentos, y de estos hacia un público que, ensimismado, apenas puede respirar de la emoción. Una melodía que paralizaría al mismísimo flautista, inunda la sala, desbordándola.

El maestro, de pie en su estrado, cierra los ojos, emocionado, mientras dirige a sus discípulos. Tal es su poder que basta un movimiento de su mano para despertar la alegría, la tristeza o la melancolía en las almas de los que le escuchan. Puede acelerar el tiempo, ralentizarlo, provocar calidez, miedo, amor u odio. Nadie se resiste. El sonido es demasiado bello, demasiado perfecto, como para no desear oír más. Y él, consciente de su posición, decide ejecutar el movimiento definitivo. El final perfecto. Sus brazos se elevan por encima de su cabeza, con una silenciosa orden. Sus discípulos, detienen la música al instante. Un segundo, dos. La tensión se palpa en el ambiente, mientras una sonrisa aflora en el rostro del genio. Perfecto.

Sus manos ejecutan un complejo giro y, cuando caen al suelo, la música regresa, más fuerte que nunca, para afrontar los últimos compases con una decisión inusitada. Y el final llega, y con él, el éxito más absoluto. El público, extasiado, aplaude en pie al maestro que, humilde, se inclina ante ellos. Su última actuación. Y en ella, su recuerdo perdurará por siempre, encerrado entre aquellos bellos acordes que el mundo no olvidará jamás.

sábado, 18 de junio de 2011

Ave Fénix

El guerrero observa atentamente a su alrededor. No tiene miedo. Simplemente es más consciente de lo que le rodea: el familiar peso de la espada en sus manos, la aspereza del terreno en sus pies descalzos, el viciado aire que respira y sudor que perla su frente.

Solo hay una oportunidad, no existe margen para el error. Una sonrisa aflora en su rostro ensangrentado, pues esa oportunidad es todo lo que precisa. Para ello ha sido entrenado. Su pulso es ahora firme. Sus ojos no reflejan duda alguna.

Despacio, el guerrero avanza hacia su enemigo, la espada girando en círculos por un hábil movimiento de su muñeca. Con cada paso, la velocidad aumenta y la distancia que los separa disminuye. Apenas unos metros le separan ya de su objetivo.

Con un rugido, el guerrero se abalanza sobre su enemigo. La espada en alto, el cuerpo erguido. Los aceros chocan con un estruendo nunca antes conocido. La fuerza del golpe hace flaquear a su contrincante, que retrocede unos pasos, presa del pánico. El tiempo fluye lentamente mientras sus miradas se cruzan. En una miedo; en la otra, fría calma. En la una, debilidad; en la otra, poder liberado.

Dos golpes bastan para que una espada vuele por los aires. El guerrero, en pie ante su enemigo, apunta con su arma directamente a la garganta del caído. No hay lugar para la piedad, no cabe la misericordia. Con un silbido, la espada corta el aire y arrebata la vida del vencido.

Está hecho. Venganza consumada, honor recuperado. Aquel niño, que por salvar a su héroe halló la muerte, no ha caído en vano, pues el mal ha perdido, y el bien se alza de nuevo de entre sus cenizas, fuerzas renovadas, para no volver a arder jamás.

miércoles, 15 de junio de 2011

viernes, 10 de junio de 2011

Caer para volver a levantarse

Exhausto por el esfuerzo, el guerrero hinca en el suelo sus rodillas. La vista se nubla y la cabeza le da vueltas. La espada, teñida en rojo por la sangre de los enemigos derrotados, cae al suelo con estrépito. El fin está cerca. La derrota es inminente.

A su alrededor, la tierra que había jurado proteger se rompe en mil pedazos. Las hordas enemigas destruyen todo a su paso, acabando con todo atisbo de vida. El fuego consume la que otrora fuera una poderosa y floreciente civilización. Apenas le quedan fuerzas para quitarse el asfixiante yelmo, que repiquetea contra el suelo al caer. 

De pronto, los ojos del guerrero contemplan a un niño, que corre, espada en mano, hacia su oponente, dispuesto a matar a aquél que había osado derrotar a su héroe. Su enemigo sonríe y empuña su arma. El golpe es rápido y certero. Un único movimiento de su espada basta para acabar con la vida del niño. Su sonrisa de desprecio se torna súbitamente en risa. Ha vencido y lo sabe. Lentamente, el conquistador avanza hacia el indefenso guerrero, listo para rematar el trabajo. 

Mas, algo imprevisto sucede, pues, con un último y hercúleo esfuerzo, el valiente guerrero se alza de nuevo de entre los escombros. Sus manos empuñan firmemente su espada, que vuelve a refulgir, presta para la batalla. Sus ojos denotan la furia que invade su cuerpo y su mente. La pelea aún no ha terminado. Con un rugido, el guerrero se abalanza sobre su enemigo. Aún queda una esperanza. Y de la fuerza de su brazo y la solidez de su espada dependen el cumplirla.

martes, 7 de junio de 2011

Vivir para soñar; soñar para vivir

Hoy, un día cualquiera de una época cualquiera, en un lugar indiferente, un hombre sin rostro coge la pluma para hablar de aquello por lo que somos capaces de luchar y morir, de aquello por lo que somos capaces de sonreír, amar, llorar y sufrir. Y por eso, hoy voy a hablar de sueños.

Hubo una vez en que un hombre soñó, y de su sueño nació Roma. Hubo una vez en que un hombre soñó, y de su sueño nació la medicina. Y del sueño de un tercero se inventó el avión, y del de un cuarto, se conquistó la  Luna. Y así, sueño a sueño, nuestros padres fueron construyendo el mundo que hoy nosotros habitamos.

La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida merezca la pena, decía Paulo Coelho. Y es que, sin sueños, la esperanza en el mañana, que es el motor que mueve al mundo, se precipita hacia el vacío, condenada para siempre a un exilio sin retorno. Y un mundo sin esperanza es como un pájaro bajo el agua, que muere ahogado sin remedio.

Mas, al igual que el pájaro que se ahoga puede de su azul prisión por un hombre ser rescatado, el mundo siempre puede tener salvación. Y lo único capaz de curar a un mundo sin esperanza es el sueño de otro hombre, un sueño que nace en un día cualquiera, en una época cualquiera y en un lugar indiferente.

domingo, 5 de junio de 2011

Acorralado

¿Alguna vez os habéis parado a pensar en la cantidad de líos en que nos metemos por esas pequeñas mentirijillas, tan habituales en nuestra vida diaria?

Lo cierto es que todos hemos mentido en alguna que otra situación, y todos sabemos como empieza... y como acaba. Aún y todo, lo más curioso es que la mentira siempre parece ser la opción más fácil, la que de más problemas nos va a quitar, cuando la realidad es que, al final, termina siendo todo lo contrario, y la situación resulta peor que si hubiéramos dicho la verdad desde un principio.

Pensadlo: al inicio, todo es muy sencillo: basta con sonreír y ser natural. Todo encaja, no hay cabos sueltos. Nada puede salirme mal. Pero, con el tiempo, las situaciones incómodas se van sucediendo cada vez con mayor frecuencia, y hay que cubrir la mentira original con otras, para así evitar que nos pillen.

¿Reconocéis ese horrible nudo en el estómago? ¿Esa constante preocupación? ¿Ese sentimiento de que siempre hay algo que va mal? La mentira se torna tan compleja, que comenzamos a dormir mal por las noches y a no rendir en el estudio o el trabajo. Mas pronto acontece el final ineludible, el trágico destino de todo mentiroso: te atraparon, y además de la manera más tonta.

Pensad entonces en la sensación de paz que experimentamos en ese instante... En esa sensación que permanece, independientemente de las duras consecuencias que traiga consigo el total esclarecimiento de la situación. Y ahora, amigos, decidme: ¿realmente merece la pena?

jueves, 2 de junio de 2011

Back to the beginning

Hoy, mi hermana menor ha terminado el colegio definitivamente. Y, mientras me lo contaba, no he podido evitar acordarme del que fue mi último día entre aquella queridas cuatro paredes de ladrillo rojo.

Estaba emocionado, ni os imagináis cuanto. Aunque aún tuviéramos por delante la Selectividad y tres meses de verano, aquel día era un punto de inflexión. Acababa una etapa, comenzaba otra. Recuerdo que me detuve, ante la puerta de salida, mochila al hombro. Solo faltaba uno... Un paso más y habría terminado el bachillerato definitivamente. Lo había conseguido.

Ese día, me prometí a mismo que no fracasaría, que esa nueva vida iba a ser perfecta. Estaba convencido de poder demostrar a todos que realmente se podía confiar en mi. Estaba seguro de que volvería victorioso, sonriente, con la cabeza alta.

Tampoco es que haya pasado mucho tiempo desde aquello. Dos años, nada más. Dos años de estudio, exámenes, risas y llantos, alegrías y decepciones. Pero, algo fallaba. Y es que el hecho de ser universitario no te convierte mágicamente en hombre, sino que eso es algo que hay que ganarse todos los días con trabajo duro. Tal vez ese sea el fallo.

Por eso, hoy es el día en el que voy a hacer que se cumpla mi promesa. Es posible que estas líneas no sirvan para nada. Tal vez incluso nunca debieron haber sido escritas. O tal vez... y sólo tal vez, si. Y es de esta pequeña -minúscula- posibilidad, de la que quiero fiarme. Porque si tú no crees en ti mismo... ¿quién lo hará por ti?