El maestro observa atentamente a sus discípulos. Mientras ellos afinan sus instrumentos, por su cabeza pasan recuerdos de los últimos años juntos: las largas noches de trabajo, las millones de partituras escritas y desechadas, el momento en que dieron con la melodía perfecta... Han pasado por mucho para llegar hasta allí, y él mismo es testigo de que están preparados para el reto.
Con deliberada lentitud, marcando cada movimiento, el viejo director alza la batuta. Es el momento, la hora ha llegado. Se acabaron los preparativos, y el mundo entero parece contener la respiración. Los relojes se paran, el tiempo no existe. Sola música importa ahora.
Entonces, con el primer movimiento de batuta la magia se desata. La música fluye desde los corazones de los músicos hacia sus instrumentos, y de estos hacia un público que, ensimismado, apenas puede respirar de la emoción. Una melodía que paralizaría al mismísimo flautista, inunda la sala, desbordándola.
El maestro, de pie en su estrado, cierra los ojos, emocionado, mientras dirige a sus discípulos. Tal es su poder que basta un movimiento de su mano para despertar la alegría, la tristeza o la melancolía en las almas de los que le escuchan. Puede acelerar el tiempo, ralentizarlo, provocar calidez, miedo, amor u odio. Nadie se resiste. El sonido es demasiado bello, demasiado perfecto, como para no desear oír más. Y él, consciente de su posición, decide ejecutar el movimiento definitivo. El final perfecto. Sus brazos se elevan por encima de su cabeza, con una silenciosa orden. Sus discípulos, detienen la música al instante. Un segundo, dos. La tensión se palpa en el ambiente, mientras una sonrisa aflora en el rostro del genio. Perfecto.
Sus manos ejecutan un complejo giro y, cuando caen al suelo, la música regresa, más fuerte que nunca, para afrontar los últimos compases con una decisión inusitada. Y el final llega, y con él, el éxito más absoluto. El público, extasiado, aplaude en pie al maestro que, humilde, se inclina ante ellos. Su última actuación. Y en ella, su recuerdo perdurará por siempre, encerrado entre aquellos bellos acordes que el mundo no olvidará jamás.