Hoy, un día cualquiera de una época cualquiera, en un lugar indiferente, un hombre sin rostro coge la pluma para hablar de aquello por lo que somos capaces de luchar y morir, de aquello por lo que somos capaces de sonreír, amar, llorar y sufrir. Y por eso, hoy voy a hablar de sueños.
Hubo una vez en que un hombre soñó, y de su sueño nació Roma. Hubo una vez en que un hombre soñó, y de su sueño nació la medicina. Y del sueño de un tercero se inventó el avión, y del de un cuarto, se conquistó la Luna. Y así, sueño a sueño, nuestros padres fueron construyendo el mundo que hoy nosotros habitamos.
La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida merezca la pena, decía Paulo Coelho. Y es que, sin sueños, la esperanza en el mañana, que es el motor que mueve al mundo, se precipita hacia el vacío, condenada para siempre a un exilio sin retorno. Y un mundo sin esperanza es como un pájaro bajo el agua, que muere ahogado sin remedio.
Mas, al igual que el pájaro que se ahoga puede de su azul prisión por un hombre ser rescatado, el mundo siempre puede tener salvación. Y lo único capaz de curar a un mundo sin esperanza es el sueño de otro hombre, un sueño que nace en un día cualquiera, en una época cualquiera y en un lugar indiferente.
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