viernes, 10 de junio de 2011

Caer para volver a levantarse

Exhausto por el esfuerzo, el guerrero hinca en el suelo sus rodillas. La vista se nubla y la cabeza le da vueltas. La espada, teñida en rojo por la sangre de los enemigos derrotados, cae al suelo con estrépito. El fin está cerca. La derrota es inminente.

A su alrededor, la tierra que había jurado proteger se rompe en mil pedazos. Las hordas enemigas destruyen todo a su paso, acabando con todo atisbo de vida. El fuego consume la que otrora fuera una poderosa y floreciente civilización. Apenas le quedan fuerzas para quitarse el asfixiante yelmo, que repiquetea contra el suelo al caer. 

De pronto, los ojos del guerrero contemplan a un niño, que corre, espada en mano, hacia su oponente, dispuesto a matar a aquél que había osado derrotar a su héroe. Su enemigo sonríe y empuña su arma. El golpe es rápido y certero. Un único movimiento de su espada basta para acabar con la vida del niño. Su sonrisa de desprecio se torna súbitamente en risa. Ha vencido y lo sabe. Lentamente, el conquistador avanza hacia el indefenso guerrero, listo para rematar el trabajo. 

Mas, algo imprevisto sucede, pues, con un último y hercúleo esfuerzo, el valiente guerrero se alza de nuevo de entre los escombros. Sus manos empuñan firmemente su espada, que vuelve a refulgir, presta para la batalla. Sus ojos denotan la furia que invade su cuerpo y su mente. La pelea aún no ha terminado. Con un rugido, el guerrero se abalanza sobre su enemigo. Aún queda una esperanza. Y de la fuerza de su brazo y la solidez de su espada dependen el cumplirla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario