Un avión, una tortuga, un bebé y hasta un león. Un vaso, un teléfono, una mesa e, incluso, un sillón. Una mano, un corazón, o puede que un cigarrillo. O mejor, un cenicero. ¿O tal vez un jarrón? Y es que las nubes cambian su forma tan pronto el hombre cambia sus sueños.
Una colina se alza, hermosa, a las afueras de la ciudad, coronada -quién sabe- por un almendro en flor que regala al mundo su pálida belleza. A sus pies, un mantel a cuadros rojos y blancos, un canasto de mimbre, una pareja enamorada. El cielo, pintado de un azul inmaculado, se salpica de todo tipo de formas, mientras ella ríe la osadía de una o dos de las blancas mensajeras.
Él la mira con cariño, ella la mirada devuelve y una nube juguetona, que observa atenta la escena, decide cambiar su forma. Y es que el amor, como las nubes, como los sueños, cambiar de aspecto puede. Y si el amor es nube y la nube sueño, el amor es sueño del que el corazón vive. Y será distinto según el alma que lo mire, pues el sueño, como la nube, del alma del hombre vive.