El guerrero observa atentamente a su alrededor. No tiene miedo. Simplemente es más consciente de lo que le rodea: el familiar peso de la espada en sus manos, la aspereza del terreno en sus pies descalzos, el viciado aire que respira y sudor que perla su frente.
Solo hay una oportunidad, no existe margen para el error. Una sonrisa aflora en su rostro ensangrentado, pues esa oportunidad es todo lo que precisa. Para ello ha sido entrenado. Su pulso es ahora firme. Sus ojos no reflejan duda alguna.
Despacio, el guerrero avanza hacia su enemigo, la espada girando en círculos por un hábil movimiento de su muñeca. Con cada paso, la velocidad aumenta y la distancia que los separa disminuye. Apenas unos metros le separan ya de su objetivo.
Con un rugido, el guerrero se abalanza sobre su enemigo. La espada en alto, el cuerpo erguido. Los aceros chocan con un estruendo nunca antes conocido. La fuerza del golpe hace flaquear a su contrincante, que retrocede unos pasos, presa del pánico. El tiempo fluye lentamente mientras sus miradas se cruzan. En una miedo; en la otra, fría calma. En la una, debilidad; en la otra, poder liberado.
Dos golpes bastan para que una espada vuele por los aires. El guerrero, en pie ante su enemigo, apunta con su arma directamente a la garganta del caído. No hay lugar para la piedad, no cabe la misericordia. Con un silbido, la espada corta el aire y arrebata la vida del vencido.
Está hecho. Venganza consumada, honor recuperado. Aquel niño, que por salvar a su héroe halló la muerte, no ha caído en vano, pues el mal ha perdido, y el bien se alza de nuevo de entre sus cenizas, fuerzas renovadas, para no volver a arder jamás.
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