domingo, 5 de junio de 2011

Acorralado

¿Alguna vez os habéis parado a pensar en la cantidad de líos en que nos metemos por esas pequeñas mentirijillas, tan habituales en nuestra vida diaria?

Lo cierto es que todos hemos mentido en alguna que otra situación, y todos sabemos como empieza... y como acaba. Aún y todo, lo más curioso es que la mentira siempre parece ser la opción más fácil, la que de más problemas nos va a quitar, cuando la realidad es que, al final, termina siendo todo lo contrario, y la situación resulta peor que si hubiéramos dicho la verdad desde un principio.

Pensadlo: al inicio, todo es muy sencillo: basta con sonreír y ser natural. Todo encaja, no hay cabos sueltos. Nada puede salirme mal. Pero, con el tiempo, las situaciones incómodas se van sucediendo cada vez con mayor frecuencia, y hay que cubrir la mentira original con otras, para así evitar que nos pillen.

¿Reconocéis ese horrible nudo en el estómago? ¿Esa constante preocupación? ¿Ese sentimiento de que siempre hay algo que va mal? La mentira se torna tan compleja, que comenzamos a dormir mal por las noches y a no rendir en el estudio o el trabajo. Mas pronto acontece el final ineludible, el trágico destino de todo mentiroso: te atraparon, y además de la manera más tonta.

Pensad entonces en la sensación de paz que experimentamos en ese instante... En esa sensación que permanece, independientemente de las duras consecuencias que traiga consigo el total esclarecimiento de la situación. Y ahora, amigos, decidme: ¿realmente merece la pena?

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