El viento agita con fuerza las ramas de los árboles, mientras la noche tiende presurosa su velo sobre la ciudad. Las farolas comienzan a prender sus luceros y las carreteras se llenan de un desfile rojiblanco. Los transeúntes van disminuyendo, las calles cayendo en el silencio. Y ante ello, solo un niño permanece inalterable. Sentado en su banco, como cada lunes, como cada martes...
Enfundado en su trenca gris, observa en silencio el decreciente bullir de la vida en la cuidad. Las madres llaman a sus hijos a cenar y los padres regresan a sus casas tras un largo día de trabajo. La alegría de la Navidad emana de los hogares de la ahora desierta calle, más su sonrisa seguirá triste y cansado su mirar. Pues otra noche acaba, otro día en soledad, otro mes en el olvido, otro año que se va, otro invierno sin hogar.
Y una vez más el día murió y una vez más la noche lo envolvió. Una vez más el viento aúlla, una vez más la farola brilla. Mas el niño allí estará, incansable, inmutable, esperando el día que llegará, el día en que todo cambiará, el día en que su madre volverá, el día en que él también tendrá Navidad.
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