Esta mañana me he despertado más tenso -nervioso- que otras veces. Para aquellos que no intuyan la razón, la aclararé: hoy, 22 de mayo, es día de elecciones.
La propia palabra -elección- ya lo dice todo. Elegir supone decidir, y decidir, asumir riesgos. Y esto es precisamente lo que me mantenía en tensión esta mañana. Por que, la verdad sea dicha, no sabía a quien votar.
Soy consciente de lo que implica votar, así que he decido dar un repaso mental a los distintos partidos políticos que se presentaban, para tener una visión de conjunto y poder tomar una buena decisión. Y entonces, llegó la confirmación de lo que yo ya venía sospechando: que no coincido con ninguno. Y como estoy en absoluto desacuerdo con aquello de votar "al mal menor" -lo cuál, por cierto, es profundamente antidemocrático, pues implica votar solo al que puede ganar y no a aquel en el que de verdad creemos- mi dilema no hacía sino aumentar.
¿Qué hacer? ¿A quién votar? No es tan fácil elegir. Me preocupa saber que muchos de nuestros compatriotas toman esta decisión a la ligera, como queriéndosela quitar de encima. Creo que este es uno de los grandes problemas que padece España, que no es sino reflejo de algo mucho más profundo, que es el desinterés y la falta de compromiso de la sociedad actual, no solo por este tema, sino en general.
Eso si, que conste que al final me he decidido, aunque no diré por quien. Mañana, los resultados. A ver que tal.
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