Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, fue héroe castellano condenado al destierro por un delito que no había cometido. ¿Injusto, decís? Si, lo fue. Mas, ¿y su respuesta? ¿cuál su reacción? Yo os lo diré: el silencio. La obediencia. El perdón frente a la venganza. Fría calma en vez de iracundo odio. Dicen las crónicas que sus ojos de hielo jamás mostraron deseos de muerte, sino más bien compasión hacia el rey que le traicionó.
Su honor fue mancillado. Su causa, burlada. Tan solo la fuerza de su brazo y la sabiduría de su juicio lograron, tras años de dolor y sufrimiento, borrar aquella afrenta con que el mundo había decidido cargarle.
Rodrigo Díaz murió como un héroe; amado por sus hijos, aclamado por sus tropas y temido por sus enemigos y, aún hoy, siglos después, la historia le recuerda con orgullo y asombro y las hazañas que realizó en vida continúan transmitiéndose, de generación en generación.
Siempre he pensado que el mundo contemporáneo debería volver la vista atrás más a menudo, para poder contemplar el testimonio de vida que este y otros grandes de la historia de España y el mundo nos dejaron. Ojalá todos tuviéramos el valor necesario para aprender de ellos, de su fuerza, temple, fortaleza y astucia, que, junto con su generosidad, magnanimidad, buen juicio y humildad, lograron sacar a España de una situación de crisis profunda, no muy distinta -con un salto secular- de la que padecemos hoy. Estoy convencido de que muchos de los males que esta sociedad egoísta, egocéntrica y caprichosa en la que vivimos padece en la actualidad, hallarían así su remedio.
España necesita un líder, y lo necesita ya. España necesita de un Cid Campeador que alce su espada al cielo, dispuesto a dirigirnos a todos hacia un único destino, porque eso es lo que es España, una unidad de destino en lo universal.
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